Dado que sabía lo que tenía que hacer, al llegar a la biblioteca cerró la puerta y luego apoyó una nalga en la esquina del escritorio. Señaló una silla y Jilly Skye tomó asiento. Su falda de lentejuelas fluyó como el agua por encima de sus rodillas juntas. Adoptó una expresión expectante pese a lucir un vestido de estrella porno; Rory restó importancia a la sensación que tenía de estar a punto de aplastar a un gatito.

– Escúcheme… -Vaciló, pues no sabía cómo abordar el tema-. Me parece que, después de todo, el acuerdo al que llegamos por teléfono no servirá de nada.

Jilly entrecerró sus ojos verdes como un gatito que detecta dificultades.

– ¿Hay algún problema?

– Verá, no se trata exactamente de un problema.

La muchacha se deslizó hacia el borde del asiento de cuero.

– ¿No está conforme con mis referencias?

– Sus referencias son correctas, mejor dicho, excelentes.

Jilly le había dado los nombres de diversos profesores de universidades locales, de conservadores de dos museos y el del presidente de una organización de coleccionistas.

Rory se pasó la mano por los cabellos cortos.

– El mes que viene nos vamos, pero antes celebraré en la residencia una fiesta muy importante. Me parece que representará demasiadas dificultades y llevará demasiado tiempo seleccionar, clasificar y resolverlo todo para esa fecha. Bastará una llamada telefónica para que cualquier tienda local de ayuda humanitaria envíe sus camiones y lo saque todo en un par de días.

– ¡Pero no puede hacer eso! -exclamó Jilly de viva voz. Tragó saliva y, tranquilizada, volvió a empezar-. Estoy segura de que le cuesta darse cuenta del valor de lo que posee, pero le aseguro que es considerable. Su abuelo prometió algunas cosas, concretamente su vestuario de actor, a un museo. Como le comenté por teléfono, le cobraré un precio más que razonable por mis servicios de evaluación y catalogación a cambio de que me permita adquirir parte de las piezas que no están destinadas al museo.



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