Rory maldijo su estampa. Se había concentrado tanto en la página de Things Past que no había buscado nuevos motivos para negarse.

– Veamos… Déjeme pensar.

Se peinó los cabellos, se frotó la nuca y se rascó el mentón mientras intentaba no mirar los admirables haberes de Jilly Skye, su bonita cara de ojos verdes y serios y su boca rosada hecha para besar.

La joven levantó una mano para alisarse la cabellera y bajó la mirada a fin de comprobar que el nudo del tirante del vestido seguía en su sitio. Lo único que faltaba era que la chica le recordase que tanto él como la mascota de su tía la habían vapuleado hacía menos de media hora. A renglón seguido movió el ratón para pasear el cursor por la imagen de la webcam de su tienda. Rory se dijo que debía reconocer que sus prácticas comerciales no eran tan extravagantes como el resto de su persona. Por último, Jilly deslizó los dedos sobre el escritorio hasta rozar delicadamente los bordes de la agenda abierta.

Por Dios, estaba claro. ¿Quién más podía realizar el trabajo como correspondía? Además, sus referencias garantizaban que era la mejor.

La joven levantó la cabeza y preguntó:

– ¿Me lo da o no?

– Yo… Sí, está bien -acabó por responder, y se maldijo.

Consciente de que la había fastidiado, Rory se habría dado cabezazos contra la pared, pero no podía desdecirse porque, como si hubiese adivinado sus intenciones, la muchacha ya se había levantado del sillón, sonreía y le estrechaba la mano.

Le aseguró que estaba muy agradecida. Pondría manos a la obra a primera hora de la mañana. Con otra ráfaga de lentejuelas y una nueva sonrisa centellante, Jilly franqueó la puerta de la biblioteca y atravesó la entrada de la casa.

Esa súbita y enérgica manifestación de actividad mareó a Rory. No solo la actividad, sino la bocanada de aire demasiado cálido y perfumado que lo abrumó en cuanto cruzó la puerta de entrada y vio que Jilly Skye montaba en su cafetera y bajaba por la calzada larga y serpenteante.



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