La mujer condujo con cuidado, probablemente porque no quería forzar demasiado su destartalado vehículo. A pesar de todo, la furgoneta de madera saltó, traqueteó y proclamó, en el caso de que su dueña estuviera dispuesta a escuchar, actitud que a Rory le pareció imposible, que algo tan viejo y peculiar tendría que haber acabado hacía años en el chatarrero. Al doblar la primera curva, lo penúltimo que Rory avistó fue el techo de color rojo cereza y una mano en alto a modo de alegre despedida.

Solo cuando vislumbró lo último, el guiño definitivo de las lentejuelas doradas, se dio cuenta de que, como mínimo, tendría que haber solicitado una forma de vestir más decorosa.

Rory meneó la cabeza y se dijo que esas cosas solo ocurrían en Los Ángeles. Puesto que volvía a vérselas con una de las chifladas de la ciudad, seguramente algo estaba condenado a salir mal.

Únicamente se trataba de saber hasta qué punto saldría mal.


Su corazón latía tan rápido que Jilly se preguntó si se había tragado uno de los colibríes que revoloteaban entre los arbustos en flor que bordeaban la calzada de acceso a Caidwater. Aferró el volante con fuerza y logró contener su entusiasmo mientras atravesaba la verja de hierro forjado y giraba en dirección a su hogar.

No regresaría directamente a su apartamento; antes haría un alto para compartir la noticia. Condujo el coche hasta un arcén ancho y a la sombra. Apagó el motor, puso el freno de mano y buscó su móvil bajo el asiento del acompañante. Le temblaban tanto los dedos que fue incapaz de pulsar los botones, por lo que durante unos segundos apoyó el teléfono en su corazón agitado.

¡Lo había conseguido! Rory Kincaid había aceptado.

Rory Kincaid… Se le hizo un nudo en el estómago, un nudo que desprendió calor y subió hasta besar su piel.

Se le puso carne de gallina en los brazos incluso mientras intentaba desterrar a ese hombre de sus pensamientos. Estaba claro que pronunciar el nombre de Bill Gates no había conseguido que Rory dejara de ser guapísimo y pasase a convertirse en un imbécil. Se trataba de un tío de metro ochenta, pelo negro, ojos azules y rasgos poco corrientes, casi exóticos.



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