
Si a ello añadimos sandalias de tiras finísimas, un puñado de lentejuelas doradas y el hecho de que era la cita profesional más decisiva de su carrera, por no decir de su vida, el desacierto se convertía en un más que probable desastre.
Jilly Skye lo sabía, pero también sabía que no tenía otra opción, sobre todo si no quería llegar imperdonablemente tarde.
De todos modos, titubeó antes de pulsar el botón del intercomunicador situado en el exterior de la verja de hierro forjado, negra y de aspecto sólido. Era el último de la sucesión de obstáculos que había salvado desde primera hora de la mañana, cuando Rory Kincaid había accedido a recibirla. Gracias a un chivatazo, sabía que Rory quería deshacerse de un montón de ropa vieja y vestuario de escena. Jilly era una comerciante de ropa vintage que deseaba desesperadamente entrar en la mansión de los Kincaid.
Mejor dicho, lo deseaba con locura.
A pesar del ceñido vestido de gasa, el estómago de Jilly dio varios saltos mortales. Ciertamente, la palabra locura era la correcta. Aunque la maestra de ceremonias del desfile de modas benéfico celebrado por la mañana había divagado durante más de una hora; a pesar de que su ayudante se había marchado con toda la ropa que su tienda, Things Past, había mostrado en el desfile, incluido el traje de calle que pensaba ponerse para acudir a la cita, y pese a que sus frenéticas llamadas a Rory Kincaid para explicarle que estaba en medio de un atasco solo habían dado por resultado la señal de que comunicaba… a pesar de los pesares, nada impediría que Jilly se reuniese con Rory, ya que había demasiado en juego.
Cogió fuerzas y se estiró a través de la ventanilla del coche para pulsar el botón, pero le temblaba tanto la mano que se detuvo.
Se dijo a sí misma que debía recobrar la calma, que esa no era la mejor manera de conseguir el trabajo y que lo más aconsejable era respirar hondo. Lo intentó, pero jadeó al reparar en que sus pechos estaban a punto de escapar del atrevido escote. Pensó que era lo único que le faltaba. Sujetó el corpiño para subirlo y se acomodó estratégicamente los senos. Se sonrojó como un tomate. Lo que le había parecido divertido y elegante para lucir en un evento de moda exclusivamente femenino se había vuelto casi… aterrador.
