¡Maldito Rory Kincaid! También él tenía parte de culpa. Si su teléfono no hubiera comunicado tozudamente y hubiera podido hablar con él, habría tenido tiempo de llevar a cabo un decisivo cambio de ropa.

¿Por qué diablos ese hombre hablaba tanto por teléfono? Lo único que mantenía un número constantemente ocupado era un romance a distancia o una desaforada afición a navegar por internet.

Seguramente estaba enganchado a la red. Al parecer, Rory Kincaid era una especie de magnate de los soportes informáticos. Al igual que Bill Gates, era joven, triunfador y rico.

¡Ya lo tenía! ¡Bill Gates! El ritmo cardíaco de Jilly se redujo. Bill Gates… Volvió a pronunciar el nombre para sus adentros y el nerviosismo disminuyó un poco más.

Imaginó a Rory Kincaid como un hombre parecido a Bill Gates, es decir, alguien con gafas, desgreñado y más interesado en los disquetes que en la moda, y notó que recuperaba la confianza. Si se podía confiar en los tópicos, los amantes de la tecnología solían perder la noción del paso del tiempo… bueno, solían perderla casi siempre. Por otro lado, a Kincaid le importaría un bledo la ropa que ella llevaba. Si Jilly no decía nada sobre su vestido de noche, probablemente el magnate ni siquiera se enteraría.

La idea de concentrarse en Bill Gates dio mejores resultados que el bicarbonato. Su estómago dejó de dar vueltas, se le aligeró el corazón, extendió el brazo a través de la ventanilla del coche y, llena de confianza en sí misma, pulsó con el índice el botón del intercomunicador. Conseguiría ese trabajo. Levantó la barbilla y cuadró los hombros. Mientras la verja se abría lentamente, pisó el acelerador, sin dejar de repetir mentalmente el mantra recién estrenado: Bill Gates, Bill Gates, Bill Gates.



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