
– Háblame de Rory.
Al oír la voz de Kim, Jilly se sobresaltó, por lo que se le cayó el bonito sombrero de paja. Se mordió el labio inferior, lo recogió, lo volvió a colocar con gran cuidado y replicó sin dar demasiadas explicaciones:
– Ya sabes cómo son estas cosas.
– No, no lo sé. Ya te he dicho que nunca lo vi mientras estuve casada con Roderick. ¿Cómo es?
Jilly pensó que, lamentablemente, Rory no tenía nada que ver con Bill Gates. No llevaba gafas ni un minúsculo portabolígrafos. Por otro lado, Rory le recordaba a… Jilly se estremeció e impidió que su díscola mente siguiese esa nueva y extraña dirección que acababa de descubrir.
Acomodó una punta de la toalla, adornada con delicadas tiras de encaje, y la dejó sobre el borde del baño de asiento.
– Se mostró muy… se mostró muy formal.
Se había mostrado muy formal, salvo en el momento en el que deslizó los dedos entre sus cabellos. A Jilly se le erizó el cuero cabelludo, lo que le hizo cosquillas, y tuvo la sensación de que su pelo formaba bucles más enroscados si cabe. Cerró los ojos tras evocar esa sensación, introdujo las manos en el material de embalaje que había en el baño y revolvió distraídamente las «burbujas» de espuma.
– ¿Has dicho formal? Tal vez eso lo explica todo -comentó Kim-. Me refiero al interés que el Partido Conservador muestra por él.
– ¿Están interesados en él?
– Según los rumores, Rory Kincaid se convertirá en el primer candidato del nuevo partido político -precisó Kim-. Se presentará al Senado.
– Hummm…
Jilly se apartó del baño de asiento y extendió un tapete de color crudo sobre la mesilla. Tenía tantas ganas de pensar en la política como en Rory Kincaid. Se trataba de un tema que no le interesaba en lo más mínimo. La política era la pasión de su abuela y Jilly se había dado cuenta de que era una manera más de controlar a las personas y tratarlas como si fuesen piezas de ajedrez.
