
Descartó ese pensamiento, corrió a la cocina, cogió tres trozos de zanahoria y se los metió en la boca antes de bajar a la tienda. Si ponía manos a la obra, Kim tal vez olvidaría la charla que habían comenzado.
No se hizo demasiadas ilusiones. Nadie sabía mejor que ella que la inteligencia de Kim era tan considerable como su belleza.
A pesar de que Jilly subió a la tarima del escaparate mientras su socia hablaba por teléfono, en cuanto la conversación tocó a su fin, Kim se acercó instantáneamente a su amiga. Jilly ya había retirado los vestidos rojos que tanto desentonaban. Con el corazón en un puño y los brazos en jarras, eludió la mirada de Kim y fingió que evaluaba atentamente la disposición de los accesorios: un biombo, un pequeño baño de asiento, una mecedora estrecha y una mesa con el tablero cuadrado.
Kim lanzó un suspiro.
– No tendría que haber intentado suplantarte y ponerme a diseñar el escaparate. Me esforcé por seguir tu esquema, pero… -Se encogió de hombros.
Jilly experimentó un profundo alivio.
– No te preocupes.
Jilly arrastró el biombo hasta un rincón, acomodó el baño de asiento para que quedase prácticamente en el centro y colocó la mesilla al lado. Situó la mecedora en el rincón contrario al biombo.
Quedó bien. El escaparate parecía el baño de una dama, sobre todo con las serpentinas en espiral hechas de material de embalaje iridiscente, con las que llenó el baño para que pareciese de espuma. Recuperó una de las prendas que había decidido utilizar. Como si una mujer acabara de desnudarse, Jilly dejó caer el vestido de verano, de algodón y encaje blanco, realizado hacia 1910, sobre la parte superior del biombo plegable. En el suelo, debajo del vestido, situó las botas altas, de hilo blanco, chapadas a la antigua, y en una esquina del biombo colgó un sombrero de paja adornado con encaje.
