Jilly subió la escalera y estiró los brazos hacia Kim. Su amiga le dio una burbuja de plástico transparente del tamaño de una pelota de voleibol que en lo alto tenía una pequeña anilla de plástico a la que habían anudado un trozo de hilo de pescar. En el interior de la burbuja se encontraba la contribución de Kim al escaparate. Jilly le había encargado que buscara en internet dos fotos adecuadas: una de un galán de principios del siglo XX y la otra de un tío bueno de rabiosa actualidad. Cada burbuja de plástico contenía la foto ampliada e impresa de un hombre.

Jilly ató el hilo de pescar al angelito enroscado en el techo, justo encima del baño de asiento. Sonrió y giró la burbuja para contemplar el bigote daliniano y las apuestas facciones de la foto. Llegó a la conclusión de que era perfecto: parecía la espumosa burbuja de la fantasía de una mujer, colgada sobre el baño de asiento.

Jilly estiró los brazos hacia la otra burbuja de plástico. Kim carraspeó, pero su amiga ni siquiera la miró, ya que se concentró en atar la segunda burbuja un poco más alta que la primera. Se dio por satisfecha; ya había bajado más de la mitad de la escalera cuando se le ocurrió mirar la imagen de la segunda burbuja, la de la fantasía femenina moderna. Frenó en seco.

Kim volvió a carraspear e inquirió:

– ¿Qué te parece?

Jilly parpadeó y estudió la foto otra vez. En el interior de la burbuja estaba Rory, mejor dicho, la cara de Rory.

– Mientras buscaba por la red me topé con esa foto -explicó Kim. Sus palabras no penetraron en las orejas de Jilly; todo lo que sabía sobre el Rory Kincaid de carne y hueso aparecía en su mente, con colores intensos, nítidos e irreprimiblemente vivos-. Vale, ya está bien. -Kim movió la mano para sacar a Jilly del trance-. ¿Qué te parece?



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