
Jilly pensó que tenía un grave problema porque cada vez le resultaba más difícil pasar por alto la extraña fantasía que despertaba la mera mención de su nombre. No sabía por qué motivo una mujer como ella tenía semejante fantasía y, además, era incapaz de ahuyentarla. Incluso en ese momento la fantasía cobró alas y…
¡No! Ni podía ni debía dejarse llevar. Sin duda, la locura que experimentaba estaba relacionada con la carencia de alguna vitamina.
Jilly miró a Kim y pidió con voz apremiante:
– ¡Brécol! ¿Tienes brécol?
Kim frunció el ceño.
– ¿Te encuentras bien? ¿Qué te ha pasado en Caidwater?
Jilly tragó saliva. Apenas reparó en que, al bajar de la escalera, no había pisado el suelo de la tarima, sino que se había metido en el baño de asiento. Se había hundido hasta los muslos en falsas burbujas, pero casi ni se había enterado. Tal vez Kim podría ayudarla a encontrar sentido a lo que ocurría.
Bajó la voz y replicó:
– No sé si estoy bien. Me ocurre algo extrañísimo y soy incapaz de entenderlo. Me dirigí a esa casa esperando encontrarme con Bill Gates… -Jilly cerró los ojos y vio a Rory Kincaid, con hombros anchos y caderas prietas, que avanzaba por la calzada a su encuentro, con la magnificencia ultraterrenal de Caidwater como telón de fondo- y… y me topé con un príncipe del desierto, de ojos azules y pelo oscuro.
– ¿Has dicho un príncipe?
– La cosa va de mal en peor. -Con los ojos todavía cerrados, Jilly volvió a tragar y los escalofríos le erizaron la piel-. Tal vez tú puedas explicármelo. Por alguna razón inefable, una fantasía se repite en mi mente. Cada vez que pienso en Rory Kincaid veo a un príncipe del desierto. Imagino a un príncipe del desierto erótico y de mirada ardiente, que me lleva a su castillo moro… en realidad se trata de una lujosa fortaleza, en la que jura que me mantendrá prisionera hasta que ya no me desee. Luego me…
