Rory consultó la hora con impaciencia. La mujer llevaba cuarenta y un minutos de retraso.

Así era el sur de California: el clima resultaba impropio para la estación, sus habitantes eran poco de fiar y lo único que estaba claro era que ansiaba abandonar Los Ángeles lo antes posible.

Un estrépito agorero resonó en la calzada de acceso. Se le erizaron los pelos de la nuca. Rory no hizo caso de lo que sentía y, pese a que la sensación de desastre no cesaba de perseguirlo, se acercó a la amplia curva de la calzada que rodeaba la casa.

El metálico estertor volvió a asaltar sus tímpanos. La mujer con la que estaba citado, Jilly Skye, conducía el peor coche del mundo o su vehículo reclamaba a gritos un cambio de amortiguadores. En ese momento el automóvil trazó la última curva cerrada de la calzada.

Rory no se había equivocado en nada. Supuso que el vehículo había visto la luz en los despreocupados años sesenta como furgoneta «de madera», si bien ahora avanzaba cuesta arriba como un envejecido fumador de tres cajetillas diarias. El bastidor del coche protestó por el esfuerzo y el ruido logró que a Rory también le entrasen ganas de chillar.

Para colmo de males, alguien había tenido la genial idea de repintarlo, madera incluida, de color rojo cereza.

Con la intención de ver a la conductora, Rory entornó los ojos, pero los cristales oscuros lo imposibilitaron. En cuanto los temblores del coche cesaron se abrió la portezuela del conductor y una sandalia de tacón indescriptiblemente alto se posó en las baldosas. Las tiras sujetaban un pie muy pequeño y arqueado por la forma del calzado. Al igual que el vehículo, las uñas de los pies estaban pintadas del color de las piruletas de cereza.



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