
Rory se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros y abandonó las sombras que creaba la mansión. En el acto, la brillante luz solar atacó sus ojos y, sin pensar, se llevó la mano a la funda de las Ray-Ban que llevaba en el bolsillo de la camisa.
Lo único positivo de haber crecido en Hollywood era la capacidad de apreciar unas buenas gafas de sol.
Rory descendió por la ancha escalinata y mentalmente empujó a codazos al anterior propietario de la finca, su abuelo Roderick Kincaid, para acercarlo a los fuegos atendidos por el demonio de lo que sin duda era su última morada. El viejo merecía arder en el infierno por haberle endosado la ejecución de sus últimas voluntades. Entre los Kincaid que lo sobrevivían figuraban Daniel, el padre de Rory, y Greg, su hermano. ¿Acaso el abuelo les había transmitido sus quebraderos de cabeza? Claro que no. Fueran cuales fuesen sus motivos, lo cierto es que el viejo había escogido a Rory, precisamente a Rory, que detestaba Caidwater y cuanto representaba.
Cuando diez años atrás el magnate se largó de Caidwater, juró que no volvería a franquear la verja. Pero gracias a las exigencias de Roderick, a la insistencia de sus abogados y a que le resultaba imposible hacer caso omiso de su sentido de la responsabilidad, ahora estaba allí, agobiado por la opulenta residencia, por todo lo que contenía y por una tía menor de edad que, por añadidura, estaba bajo su tutela.
El momento no podía ser peor. Debería estar en su casa de Atherton, situada en el apacible norte de California, donde durante el invierno hacía frío, y regodearse con el gratificante interés que el Partido Conservador mostraba en defender su candidatura al Senado de Estados Unidos. Debería aprovechar el apoyo que, todavía en privado, le prestaba el senador estatal a punto de retirarse.
La verdad es que estaba inmovilizado en Caidwater, cuando precisamente lo que menos le convenía a su inminente campaña política era que la gente recordase que formaba parte de la decadente familia de actores Kincaid. Gracias a su abuelo y a las calaveradas de su padre, ahora no le quedaba más remedio que esperar a esa mujer que compraba y vendía ropa vieja y apolillada.
