
La joven siguió acortando distancias; finalmente Rory se quedó quieto y pudo ver que la muchacha llevaba un vestido de noche color carne que se adhería como cinta adhesiva a su cintura de avispa y a sus espectaculares pechos. Se detuvo ante él, a una educada distancia de un metro.
La mujer extendió la mano.
– Hola, señor. Soy Jilly Skye.
Rory la miró y su mente se vació de todo lo que no fuese aquella visión adornada con lentejuelas que tenía delante. La muchacha acercó la mano y él la miró, atontado. ¿Qué esperaba la chica que él hiciera? Volvió a observar su rostro en busca algún indicio y creyó percibir que movía los labios.
La expresión de la joven se volvió radiante, bajó la mano y, notoriamente aliviada, añadió:
– Usted no es Rory Kincaid.
El hombre parpadeó.
– No. Sí que soy Rory Kincaid.
Al menos, estaba relativamente seguro de que lo era.
La mujer tragó saliva, movió nuevamente los labios sin hacer ruido y volvió a extender la mano.
– Lo siento. Soy Jilly Kincaid… Perdone, señor Kincaid, soy Jilly Skye y estoy encantada de conocerlo.
La mujer tenía una cara felina y los ojos verdes, y finalmente Rory se percató de que esperaba que le estrechase la mano. La palma y los dedos de su mano pequeña y cálida apretaron la suya con actitud decidida e impersonal, demasiado rápida y formalmente.
Formalmente… Jilly Skye… «¡Dios mío, esta es la cita que tenía esta tarde!», pensó Rory sin acabar de creérselo.
La muchacha enarcó las cejas y sonrió sin tenerlas todas consigo.
– Lo escucho.
Vaya, la chica estaba dispuesta a escucharlo. Rory se preguntó qué esperaba que hiciese.
Volvió a recorrer con la mirada a la menuda mujer. La joven agitó los dedos sujetos por las tiras de aquellas provocadoras sandalias y a renglón seguido se acomodó la delicada diadema con cuentas. Por debajo, la cabellera color café le caía hasta los hombros en una maraña de rizos naturales. Rory ya había reparado en los ojos verdes, pero entonces vio las pecas que salpicaban su rostro. La joven volvió a mover los labios, por lo que Rory llegó a la conclusión de que padecía un lamentable tic nervioso.
