Kincaid negó para sus adentros. Con o sin el lamentable tic nervioso, esa comerciante de ropa vintage no resultaría útil para clasificar las cosas que contenía la mansión. Casi siete décadas de acumulación de ropa y vestuario de escena ocupaban hasta el último rincón de Caidwater, por lo que su catalogación era una tarea imponente. Rory quería trabajar con una persona profesional y eficiente porque debía ocuparse de recaudar fondos para el Partido Conservador y porque deseaba abandonar Los Ángeles lo antes posible.

Repasó nuevamente a la mujer con la mirada y otra oleada de sangre recorrió su entrepierna. No le hizo el menor caso. Desde que era muy pequeño había visto todas las formas imaginables de cómo se torcía la fascinación sexual. A diferencia de algunos pijos de Hollywood que habían sido sus amigos, Rory había aprendido de los malos ejemplos de su célebre familia y había abandonado Los Ángeles tras cometer un grave error. Cuando se trataba de sexo, ahora siempre usaba el cerebro en primer lugar.

Con la candidatura al Senado en perspectiva, estaba obligado a proteger su reputación y había quienes esperaban que la defendiese. Por muy tentador que resultase, la mera idea de pensar en juguetear con ese encanto pechugón apuntaba a un desastre que aparecería en los titulares de la prensa sensacionalista y todos los leerían.

En el caso de un hombre listo como él, lo mejor sería que la ayudase a subir inmediatamente al coche y la apartara de su vida.

Mientras elaboraba la frase correcta para llevar a cabo su plan, la joven abrió desmesuradamente los ojos y se tragó una exclamación de sorpresa.



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