
Con la tensión, la mente te juega malas pasadas.
Una mujer con mascarilla empujó la camilla para acercarla a la ventana. Entonces me acordé del día en que nació mí hermana. Recordé la maternidad del hospital. La cristalera era más o menos igual, con tiras finas de hojas en forma de diamante. La enfermera, una mujer con una constitución parecida a la mujer del depósito, empujó el carrito con mi hermanita dentro hacia la ventana. Igual que ahora. Es de suponer que en circunstancias normales habría pensado en algo conmovedor como el principio y el final de la vida, pero no pensé nada de eso.
La mujer levantó el extremo de la sábana. Miré la cara. Todos los ojos estaban posados en mí. Lo sabía. El difunto tenía más o menos mi edad, treinta y tantos. Llevaba barba. La cabeza afeitada. Tenía puesto un gorro de ducha que me pareció un poco grotesco, pero sabía para qué lo llevaba.
– ¿Le han disparado en la cabeza? -pregunté.
– Sí.
– ¿Cuántas veces?
– Dos.
– ¿Calibre?
York se aclaró la garganta, como si intentara recordarme que no se trataba de mi caso.
– ¿Le conoce?
Volví a mirar.
– No -dije.
– ¿Está seguro?
Estaba a punto de confirmarlo. Pero algo me detuvo.
– ¿Qué pasa? -preguntó York.
– ¿Por qué estoy aquí?
– Queríamos saber si le conocía…
– Ya, pero ¿qué les hizo pensar que podía conocerle?
Desvié la vista a un lado y vi que York y Dillon intercambiaban una mirada. Dillon se encogió de hombros y York recogió el testigo.
– Llevaba su dirección en el bolsillo -dijo York-. Y también un puñado de recortes sobre usted.
– Soy un personaje público.
