
– Sí, lo sabemos.
Se calló. Me volví a mirarlo.
– ¿Qué pasa?
– Los recortes no hablaban de usted. En realidad, no.
– ¿De qué hablaban entonces?
– De su hermana -dijo-. Y de lo que pasó en el bosque.
La temperatura de la sala bajó diez grados, pero al fin y al cabo estábamos en el depósito. Intenté mantener la calma.
– Puede que fuera un fanático de los crímenes. Hay muchos por ahí.
York vaciló. Vi que volvía a intercambiar una mirada con su compañero.
– ¿Qué pasa? -pregunté.
– ¿A qué se refiere?
– ¿Qué más llevaba encima?
York se volvió hacia un empleado cuya presencia ni siquiera había advertido y dijo:
– ¿Puede mostrar al señor Copeland los efectos personales?
Seguí mirando la cara del difunto. Tenía marcas de viruela y arrugas. Intenté imaginármelo sin ellas. No le conocía. Manolo Santiago era un desconocido para mí.
Alguien trajo una bolsa de pruebas de plástico rojo. La vaciaron sobre una mesa. Desde lejos distinguí unos vaqueros y una camisa de franela. Había una cartera y un móvil.
– ¿Han mirado el móvil? -pregunté.
– Sí. Es desechable. La agenda está vacía.
Aparté la mirada de la cara del difunto y me acerqué a la mesa. Las piernas me temblaban.
Había algunas hojas de papel dobladas. Desdoblé una con cuidado. El artículo del Newsweek. La foto de los cuatro adolescentes muertos, las primeras víctimas del Monitor Degollador. Siempre empezaban con Margot Green porque su cuerpo fue localizado enseguida. Se tardó un día más en localizar a Doug Billingham. Pero el verdadero interés estaba en los otros dos. Se había encontrado sangre y ropa desgarrada perteneciente tanto a Gil Pérez como a mi hermana, pero no los cuerpos.
¿Por qué no?
Es sencillo. Los bosques son inmensos. Wayne Steubens los había escondido bien. Pero algunas personas, esas que aman las conspiraciones, no lo creían así. ¿Por qué sólo habían desaparecido dos cuerpos? ¿Cómo podía Steubens haberlos trasladado y enterrado tan rápidamente? ¿Tenía un cómplice? ¿Cómo lo había hecho? ¿Qué estaban haciendo esos cuatro en el bosque?
