
– ¿Señor Copeland?
– Enséñeme su brazo -dije.
– ¿Cómo dice?
– El brazo. -Me volví hacia el cristal y señalé el cadáver-. Enséñeme su brazo, maldita sea.
York hizo una seña a Dillon. Éste apretó el intercomunicador.
– Quiere ver el brazo del fallecido.
– ¿Cuál? -preguntó la mujer del depósito.
Me miraron.
– No lo sé -dije-. Los dos, supongo.
Parecían confundidos, pero la mujer obedeció. Bajó la sábana.
Ahora su torso era peludo. Estaba más gordo, al menos catorce kilos más que en aquella época, pero eso no era sorprendente. Había cambiado. Todos habíamos cambiado. Pero no era eso lo que buscaba. Yo miraba el brazo en busca de una cicatriz irregular.
Estaba allí.
En el brazo izquierdo. No me sobresalté ni nada por el estilo. Era como si me hubieran despojado de parte de mi realidad y estuviera demasiado entumecido para hacer nada al respecto. Me quedé allí quieto.
– ¿Señor Copeland?
– Le conozco -dije.
– ¿Quién es?
Señalé la foto de la revista.
– Se llama Gil Pérez.
Capítulo 2
Hubo una época en la que a la profesora Lucy Gold, doctora en lengua y psicología, le gustaban las horas de visita.
Era una oportunidad para hablar con los alumnos y llegar a conocerlos. Le gustaba que los más callados, los que se sentaban al fondo con la cabeza baja y tomaban notas como si se tratara de un dictado, los que llevaban los cabellos en la cara como si fueran una cortina protectora, llamaran a su puerta, levantaran la cabeza y le contaran lo que pensaban.
Pero casi siempre eran los pelotas los que iban a verla, los que creían que sus notas dependían únicamente del entusiasmo que mostraran, que cuanto más se hicieran ver más alta sería su calificación; como si ser extrovertido no estuviera ya suficientemente recompensado en este país.
