– Profesora Gold -dijo la chica llamada Sylvia Potter.

Lucy se la imaginó de niña, en el instituto. Debía de ser la alumna insufrible que los días de examen llegaba a la escuela gimoteando porque no sabía nada y acababa siendo la primera en entregarlo, después de ser la primera en presentar su trabajo de sobresaliente, y de esas que utilizan el resto de la clase para revisar sus apuntes.

– Sí, Sylvia.

– Hoy, cuando ha leído ese fragmento de Yeats, me ha conmovido mucho. Entre las palabras en sí y la forma en que usted las declama, como si fuera una actriz profesional…

Lucy Gold estuvo a punto de decir: «Hazme un favor y prepárame unos brownies», pero en cambio sonrió. Y no le fue fácil. Miró el reloj y después se sintió fatal por haber hecho eso.

Sylvia Potter era una alumna que se esforzaba mucho. Nada más. Cada uno hace lo que puede para adaptarse y sobrevivir. El estilo de Sylvia probablemente era más prudente y menos autodestructivo que el de la mayoría.

– Lo pasé bien escribiendo ese artículo -dijo.

– Me alegro.

– Trataba de… bueno, de cuando fue mi primera vez, usted ya me entiende.

Lucy asintió.

– Tranquila, todos son confidenciales y anónimos.

– Sí, ya.

Miró al suelo. Lucy se preguntó por qué. Sylvia nunca hacía eso.

– Cuando haya terminado de leerlos todos -dijo Lucy- quizá podríamos hablar del tuyo si quieres. En privado.

Seguía con la cabeza gacha.

– ¿Sylvia?

La voz de la chica sonó muy baja.

– Vale.

El horario de visita había terminado. Lucy deseaba irse a casa. Intentó no parecer desinteresada cuando preguntó:

– ¿Quieres hablar de él ahora?

– No.

Sylvia seguía cabizbaja.

– Bien, pues -dijo Lucy, mirando descaradamente el reloj-; tengo una reunión dentro de diez minutos.

Sylvia se puso de pie.



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