– Gracias por recibirme.

– Es un placer, Sylvia.

Parecía que Sylvia quisiera decir algo más. Pero no lo hizo. Cinco minutos después, Lucy estaba de pie junto a la ventana mirando hacia la explanada. Sylvia salió por la puerta, se secó las lágrimas, levantó la cabeza y se obligó a sonreír. Comenzó a cruzar el campus esquivando a la gente. Lucy vio que saludaba a algunos compañeros, se unía a un grupo y se mezclaba con otros hasta convertirse en un punto borroso entre la masa.

Lucy se dio la vuelta. Se vio reflejada en el espejo y no le gustó lo que vio. ¿Acaso la chica le estaba pidiendo ayuda?

«Probablemente, Lucy, y no le has hecho caso. Bien hecho, superestrella.»

Se sentó a la mesa y abrió el cajón de abajo. El vodka estaba ahí guardado. El vodka estaba bien. No se podía oler.

La puerta del despacho se abrió. El hombre que entró llevaba los cabellos largos recogidos detrás de las orejas y varios pendientes. Iba sin afeitar, a la moda, y era guapo al estilo «chico enrollado madurito». Llevaba la perilla canosa, un detalle que desvirtuaba su look, pantalones bajos que se sostenían apenas con un cinturón de tachuelas y un tatuaje en el cuello que decía: «Procrea a menudo».

– Hoy estás como un queso -dijo el chico, lanzando su mejor sonrisa en dirección a Lucy.

– Gracias, Lonnie.

– No, en serio, como un quesazo.

Lonnie Berger era su ayudante, a pesar de tener la misma edad que Lucy. Se había quedado permanentemente atrapado en las redes de la educación: sacarse otro título, rondar por el campus, con la señal delatora de la edad bajo sus ojos. Lonnie estaba más que harto de la tontería de lo políticamente correcto que reinaba en el campus en relación con el sexo, y hacía lo que podía para poner a prueba sus límites y entrarle a todas las mujeres que se le ponían a tiro.

– Deberías ponerte algo que realzara tu escote; quizás uno de esos nuevos sujetadores Wonderbra -añadió Lonnie-. Así los chicos te prestarían más atención en clase.



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