Dos décadas después, en su lecho de muerte, mi padre coge mi mano. Está muy medicado. Tiene las manos ásperas y callosas. Ha trabajado con ellas toda la vida, incluso en años más prósperos y en un país que ya no existe. Tiene una de esas apariencias endurecidas en las que toda la piel parece quemada y dura, casi como su propio caparazón de tortuga. Ha sufrido un dolor físico inmenso, pero no llora.

Sólo cierra los ojos y aguanta.

Mi padre siempre me ha hecho sentir seguro, incluso ahora que ya soy un adulto con una hija. Hace tres meses fuimos a un bar, cuando él todavía tenía fuerzas para ello, y se armó una bronca. Mi padre se colocó frente a mí, dispuesto a detener a cualquiera que se me acercara. Todavía. Así es él.

Le miro en la cama. Pienso en aquellos días en el bosque. Pienso en cómo cavaba, en cómo lo dejó por fin, en cómo pensé que se había rendido después de que mi madre se fuera.

– ¿Paul?

Mi padre se agita de repente.

Quiero suplicarle que no se muera, pero no estaría bien. Ya he pasado por esto. Las cosas no mejoran, para nadie.

– Tranquilo, papá -digo-. Todo se arreglará.

No se tranquiliza. Intenta incorporarse. Quiero ayudarle, pero me aparta. Me mira fijamente a los ojos y veo claridad, o tal vez sea una de esas cosas que deseamos creer al final. Un último consuelo falso.

Se le escapa una lágrima. La veo resbalar lentamente por su mejilla.

– Paul -dice mi padre, todavía con un fuerte acento ruso-. Todavía necesitamos encontrarla.

– La encontraremos, papá.

Me mira fijamente otra vez. Asiento con la cabeza para calmarlo. Pero no creo que quiera que le tranquilice; creo que, por primera vez, busca culpabilidad.

– ¿Lo sabías? -pregunta, con una voz apenas audible.

Siento que todo mi cuerpo se estremece, pero no parpadeo, no aparto la mirada. Me pregunto qué ve, qué cree. Pero nunca lo sabré.



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