
Porque entonces, justo entonces, mi padre cierra los ojos y muere.
Capítulo 1
Tres meses después
Estaba sentado en el gimnasio de una escuela elemental, observando a Cara, mi hija de seis años, deslizarse nerviosamente por una barra de equilibrio situada a unos diez centímetros del suelo, pero en menos de una hora estaré mirando la cara de un hombre que ha sido perversamente asesinado.
Eso no debería sorprender a nadie.
Con los años -y de las formas más horribles que uno pueda imaginar- he aprendido que la pared que separa la vida de la muerte, la belleza extraordinaria de la fealdad apabullante, es frágil. Sólo se necesita un segundo para atravesarla. En un momento la vida parece idílica: estás en un lugar tan casto como el gimnasio de una escuela elemental. Tu hijita está haciendo piruetas. Su voz suena atolondrada. Tiene los ojos cerrados. Ves la cara de su madre en ella (su madre solía cerrar los ojos y sonreír así) y recuerdas lo frágil que es esa pared.
– ¿Cope?
Era mi cuñada, Greta. Me volví hacia ella. Como siempre, Greta me miró con cariño. Le sonreí.
– ¿En qué piensas? -susurró.
Ella lo sabía. Mentí de todos modos.
– En las cámaras de vídeo -dije.
– ¿Qué?
Todas las sillas plegables estaban ocupadas por los demás padres. Yo me había quedado atrás de pie, con los brazos cruzados y apoyado en la pared de cemento. Sobre la puerta había reglamentos pegados, y por todas partes se veía esa clase de frases supuestamente estimulantes pero tan irritantes como «No me digas que el cielo es el límite cuando hay huellas en la luna». Las mesas del almuerzo estaban plegadas. Me apoyé en una, sintiendo el frío del acero y el metal. Nosotros envejecemos, pero los gimnasios de escuela elemental no cambian. Sólo parecen empequeñecer.
Hice un gesto hacia los padres.
– Hay más cámaras de vídeo que niños.
