
Greta asintió.
– Los padres lo filman todo. Absolutamente todo. ¿Qué harán con todo eso? ¿Crees que alguien vuelve a mirarlo de principio a fin?
– ¿Tú no lo haces?
– Preferiría dar a luz. Sonrió.
– No -dijo-, seguro que no.
– Vale, no, puede que no, pero ¿no formamos parte de la generación MTV? Tomas cortas, muchos ángulos… Pero filmar esto tal cual, someter a un inocente amigo o a un familiar a este…
Se abrió la puerta. En cuanto los dos hombres entraron en el gimnasio, supe que eran policías. Aunque no hubiera tenido mucha experiencia -soy fiscal del condado de Essex, en el que se encuentra la ciudad, más bien violenta, de Newark-, me habría dado cuenta. Al menos en eso la televisión acierta. El modo de vestir de los policías, por ejemplo, no es el mismo que el de los padres de una urbanización de lujo como Ridgewood. Nosotros no nos ponemos traje cuando vamos a ver a nuestros hijos haciendo gimnasia; nos ponemos pantalones de pana o vaqueros con un jersey de cuello de pico o una camiseta. Esos dos hombres llevaban trajes de mala confección y de un marrón que me recordó las astillas de madera después de una tormenta. No sonreían. Sus ojos escudriñaron la habitación. Conozco a casi todos los policías de la zona, pero a esos dos no los conocía. Eso me preocupó. Algo me olía mal. Sabía que yo no había hecho nada, por supuesto, pero seguía sintiendo un hormigueo en el estómago del tipo «soy inocente pero me siento culpable».
Mi cuñada Greta y su marido Bob tienen tres hijos. La pequeña, Madison, tenía seis años e iba a la misma clase que Cara. Greta y Bob me habían ayudado mucho. Tras la muerte de Jane, mi esposa y hermana de Greta, se mudaron a Ridgewood. Greta asegura que ya tenían pensado hacerlo. Lo dudo, pero estoy tan agradecido que no me lo cuestiono. No puedo imaginar cómo sería mi vida sin ellos.
Normalmente los otros padres se quedan detrás conmigo, pero como este acontecimiento era en horario diurno, había muy pocos.
