
– Soy el detective Tucker York -dijo el alto. Sacó la placa y después señaló a Ladrillo-. Él es el detective Don Dillon.
Dillon también sacó su identificación. Me las mostraron. No sé por qué lo hacen. ¿Cuánto puede costar conseguir identificaciones falsas?
– ¿En qué puedo ayudarles? -pregunté.
– ¿Le importaría decirnos dónde estuvo anoche? -preguntó York.
Ante una pregunta como ésta deberían haber sonado las sirenas. Debería haberles recordado inmediatamente quién era yo y que no respondería a ninguna pregunta sin un abogado presente. Pero yo soy abogado. Un abogado muy bueno. Y evidentemente, eso hace que te vuelvas más estúpido cuando te representas a ti mismo. También era humano. Cuando la policía te acosa, lo sé por experiencia, tu reacción es desear complacerlos. No lo puedes evitar.
– Estaba en casa.
– ¿Puede confirmarlo alguien?
– Mi hija.
York y Dillon miraron hacia la escuela.
– ¿La niña que daba volteretas ahí dentro?
– Sí.
– ¿Alguien más?
– No lo creo. ¿De qué se trata?
York era el que llevaba la voz cantante. Ignoró mi pregunta.
– ¿Conoce a un hombre llamado Manolo Santiago?
– No.
– ¿Está seguro?
– Bastante seguro.
– ¿Por qué sólo bastante seguro?
– ¿Sabe quién soy?
– Sí -dijo York. Tosió tapándose la boca con el puño-. ¿Quiere que nos arrodillemos o le besemos el anillo?
– No quería decir eso.
– Bien, entonces estamos en la misma onda. -No me gustó su actitud, pero lo dejé pasar-. ¿Por qué está sólo bastante seguro de no conocer a Manolo Santiago?
– El nombre no me suena. Creo que no le conozco. Pero podría ser alguien a quien he procesado o un testigo en uno de mis casos, o qué sé yo, puedo haberlo conocido en alguna asociación benéfica hace diez años.
York asintió, animándome a seguir hablando. No lo hice.
