
– ¿Le importa acompañarnos?
– ¿Adónde?
– No tardaremos mucho.
– No tardaremos mucho -repetí-. Eso no parece un sitio.
Los dos policías intercambiaron una mirada. Intenté que diera la impresión de que no pensaba ceder.
– Anoche fue asesinado un hombre llamado Manolo Santiago.
– ¿Dónde?
– Su cadáver se encontró en Manhattan. En la zona de Washington Heights.
– ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
– Creemos que puede ayudarnos.
– ¿Ayudar cómo? Ya se lo he dicho, no le conozco.
– Ha dicho… -York llegó a consultar su cuaderno, pero era sólo teatro, porque no había escrito nada mientras yo hablaba-que estaba «bastante seguro» de no conocerle.
– Pues estoy seguro. ¿Vale? Estoy seguro.
Cerró de golpe el cuaderno con un gesto teatral.
– El señor Santiago sí le conocía.
– ¿Cómo lo sabe?
– Preferiríamos que lo viera.
– Y yo prefiero que me lo digan.
– El señor Santiago… -York vaciló, como si eligiera sus siguientes palabras- llevaba algunos objetos encima.
– ¿Objetos?
– Sí.
– ¿Puede ser más concreto?
– Objetos -dijo- que lo señalan a usted.
– ¿Me señalan como qué?
– ¿Es usted fiscal del distrito?
Por fin Dillon, el Ladrillo, había hablado.
– Soy fiscal del condado -dije.
– Lo que sea. -Adelantó el cuello y señaló mi pecho-. Empieza a tocarme las pelotas.
– ¿Disculpe?
Dillon se acercó a mi cara.
– ¿Le parece que estamos aquí para una lección de semántica o qué?
Creí que se trataba de una pregunta retórica, pero él esperó. Finalmente dije:
– No.
– Pues escuche. Tenemos un cadáver. El tipo está relacionado con usted de forma obvia. ¿Quiere venir y ayudarnos a aclarar esto o quiere seguir con estos juegos de palabras que hacen que parezca cada vez más sospechoso?
– ¿Con quién cree exactamente que está hablando, detective?
