
– Bueno, han recibido su merecido -dijo de pronto el congresista con una discordante voz estadounidense. Jake lo miró: un político en un velatorio-. ¿No es así? -insistió en un tono algo desafiante.
Brian volvió la cabeza desde la ventana, despacio, con una mirada llena de desprecio.
– Chaval, todos recibimos lo que merecemos. Al final.
Los alrededores del aeropuerto de Tempelhof estaban destruidos, pero habían limpiado alguna pista y la terminal seguía estando allí. Después de la ciudad cementerio que habían visto desde el aire, el aeropuerto les pareció vertiginoso y lleno de vida, no dejaban de distinguir rostros nuevos mientras desembarcaban. El soldado mareado fue el primero en bajar y salir corriendo a trompicones hacia e! servicio de caballeros, según imaginó Jake.
– ¿Geismar? -Un teniente le tendía una mano-. Ron Erlich, de la oficina de prensa. Vengo a por usted y a por la señorita Yeager. ¿Iba a bordo?
Jake asintió.
– Con todo esto -contestó señalando las maletas que había descargado del avión-. ¿Quiere echarme una mano?
