– ¿Qué lleva ahí, su ajuar?

– El equipo -contestó Liz, detrás de él-. ¿Piensa seguir haciendo chistes o va a echarle una mano?

Ron vio entonces el uniforme, con sus inesperadas curvas, y sonrió.

– Sí, señor -dijo, parodiando un saludo militar. Después cogió todas las maletas a la vez como si no requiriera esfuerzo, como si quisiera impresionar a una chica-. Por aquí. -Los condujo hacia el edificio-. El coronel Howley le envía saludos -le dijo a Liz-. Dice que la recuerda de cuando él trabajaba en publicidad.

Liz sonrió con incomodidad.

– No se preocupe. Dígale que le sacaré una fotografía.

Ron le devolvió la sonrisa.

– Me parece que usted también lo recuerda a él.

– Como si fuera ayer. Eh, cuidado con eso. Son objetivos.

Subieron la escalera de la puerta detrás del congresista, que parecía haber encontrado un séquito, y llegaron a la sala de espera, con las mismas paredes de mármol tostado y los mismos techos altísimos de antaño, cuando volar era algo romántico y la gente iba al restaurante del aeropuerto sólo para ver los aviones. Jake apretó el paso para no quedarse atrás. Ron se movía igual que hablaba, abriendo una estrecha senda entre las hordas de militares que aguardaban allí.

– Se han perdido al presidente Truman -comentó-. Se ha ido a la ciudad después de comer. Llevaba a toda la Segunda Acorazada alineada en la Avus, la autopista. Menuda imagen. Siento que su avión se retrasara tanto, seguramente se han quedado sin imágenes de él en la ciudad.

– ¿No estaba en la conferencia? -dijo Liz.

– Todavía no ha empezado. El tío Stalin llega tarde. Dicen que está resfriado.

– ¿Resfriado? -preguntó Jake.

– Cuesta hacerse a la idea, ¿verdad? Truman se ha cabreado, tengo entendido. -Miró a Jake-. Eso es extraoficial, por cierto.

– ¿Qué dice la versión oficial?



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