PRIMERA PARTE


ESCOMBROS

1

La guerra lo había hecho famoso. No tanto como a Murrow, la voz de Londres, ni como a Quent Reynolds, en aquel momento la voz de los documentales, pero sí lo suficiente para conseguir primero una prometedora oferta de cuatro artículos para el semanario Collier's y después un pase de prensa para entrar en Berlín. Al final había sido Hal Reidy quien le había encontrado el codiciado pase haciendo malabarismos con las vacantes para reporteros, como si estuviera sentando a los invitados de una cena formal: la United Press junto al servicio de noticias Scripps-Howard, pero en el extremo de la mesa de Hearst, el magnate de la información, quien de todos modos ya había destinado a demasiada gente allí.

– Aunque no puedo hacerte salir antes del lunes. No nos darán plaza en otro avión, y menos ahora que se va a celebrar la conferencia. A no ser que conozca a alguien influyente.

– Sólo te tengo a ti.

Hal sonrió burlón.

– Pues estás en peor forma de lo que creía. Saluda de mi parte al capullo de Nanny Wendt. -Su censor de los viejos tiempos, de antes de la guerra, cuando ambos trabajaban en la emisora de la Columbia, un hombrecillo nervioso y mojigato como una institutriz al que le gustaba retocar con su pluma la copia de las noticias justo antes de que salieran al aire-. El Ministerio de Propaganda e Información Pública -dijo Hal con su tonillo de siempre-. Me pregunto qué habrá sido de él. Goebbels envenenó a sus propios hijos, según tengo entendido.

– No, fue Magda -corrigió Jake-. La gnädige Frau. Con chocolatinas.

– Ya, dulces para los más dulces. Qué gente más agradable… -Le dio a Jake sus órdenes de viaje-. Toma, que lo pases bien.

– Deberías venir conmigo. Es un momento histórico.

– Éste también lo es -dijo Hal señalando otro pliego de órdenes-. Dos semanas más y volveré a casa. Berlín, hay que joderse… Yo estaba impaciente por salir de allí, ¿y tú quieres volver?



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