
Jake se encogió de hombros.
– Será la última gran historia de la guerra.
– ¿Que esos tres se sienten alrededor de una mesa a repartirse el botín?
– No, lo que sucederá después.
– Lo que sucederá es que volverás a Estados Unidos.
– Todavía no.
Hal lo miró.
– Crees que la encontrarás allí -dijo con un tono de voz inexpresivo.
Jake se guardó las órdenes en el bolsillo y permaneció callado.
– Ya ha pasado mucho tiempo, ¿no crees? La vida sigue.
Jake asintió con la cabeza.
– Estará allí. Gracias por esto, te debo una.
– Más de una -repuso Hal sin insistir en el tema-. Tú escribe buenos artículos, y no pierdas el avión.
El avión, sin embargo, llegó a Francfort con horas de retraso y aún permaneció varias horas más en tierra, descargando y dando la vuelta, de modo que ya era media tarde cuando despegaron hacia Berlín. El C- 47 era un transporte militar destartalado y equipado con bancos laterales. Los pasajeros, una partida de periodistas que, igual que Jake, no habían conseguido plaza en vuelos anteriores, tenían que gritarse por encima del ruido de los motores si querían conversar. Jake dejó de intentarlo al cabo de un rato, se reclinó en el asiento y cerró los ojos sin dejar de sentir náuseas cada vez que el avión daba una sacudida en su trayecto hacia el este. Habían estado tomando algo mientras esperaban, y Brian Stanley -el inglés del Daily Express que se había colado en el grupo estadounidense a saber cómo- ya estaba elocuentemente borracho. Casi todos los demás lo seguían muy de cerca: Belser, de la agencia de noticias Gannett; Cowley, que había llevado la oficina de prensa del Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas desde un taburete de la barra del Scribe; y Cimbel, que había seguido a Patton hasta Alemania, igual que Jake. Todos ellos llevaban una eternidad en la guerra, con sus uniformes caquis y su insignia circular de corresponsales. Incluso Liz Yeager, la fotógrafa, que llevaba una enorme pistola en la cadera al más puro estilo vaquero.
