El congresista lo miró con disgusto.

– Mi distrito es americano al cien por cien.

Sin embargo, Brian ya se había aburrido de él.

– Lo que usted diga -comentó, y miró para otro lado.

– De todas formas, ¿cómo ha conseguido subir a este avión? Me parece que era sólo para reporteros americanos -insistió el congresista.

– Ahí tienes, una muestra del sentir aliado -le dijo Brian a Jake.

El avión bajó un poco, no mucho más que si descendiera una pendiente en una carretera, pero bastó para que el soldado lo notara y soltara un gemido.

– Voy a vomitar -masculló, y casi no logró abrir la bolsa a tiempo.

– Con cuidado -exclamó el congresista, atrapado.

– Tú sácalo todo -le dijo Liz con voz de hermana mayor-. Eso, enseguida te encontrarás mejor.

– Lo siento -dijo él medio atragantándose, a todas luces abochornado y con aspecto de no ser más que un adolescente.

Liz apartó la atención del chico.

– ¿Llegaste a conocer a Hitler? -le preguntó a Jake, y con su pregunta atrajo la atención de todos, como si corriera una cortina para conferir intimidad al soldado.

– A conocerlo, no. A verlo, sí -contestó Jake-. Muchas veces.

– De cerca, quiero decir.

– Una vez.

Una tarde sofocante, él volvía del Club de Prensa, la calle estaba casi en penumbra, aunque la nueva Cancillería retenía aún las últimas pinceladas de luz del día. Los amplios escalones que bajaban hasta el coche que lo esperaba eran de estilo prusiano moderne. Sólo un ayudante y dos guardias; iba curiosamente desprotegido. De camino al Sportpalast, casi seguro, a pronunciar otra arenga contra los taimados polacos. Se detuvo un segundo cerca del final de la escalera y miró a Jake, en la calle vacía. «Podría meter la mano en el bolsillo -pensó Jake-. Un disparo y pondría fin a todo esto, así de fácil.» ¿Por qué no lo había hecho nadie? Entonces, como si el aire hubiera transportado ese pensamiento igual que un aroma, Hitler alzó la cabeza, olfateó inquieto como una presa y le sostuvo la mirada a Jake.



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