
– ¿Participa usted en la conferencia o ha venido sólo a curiosear? -preguntó Brian, jugando con él.
– No, no participo en la conferencia.
– Entonces sólo viene a ver el raj.
– ¿Qué quiere decir?
– Oh, no se lo tome a mal. Aunque eso es lo que parece, ¿no cree? El Gobierno Militar. Son como pukkah sahibs.
– No sé de qué está hablando.
– La mayor parte del tiempo yo tampoco -dijo Brian en tono afable-. No es más que un pequeño concepto mío. No importa. Tenga, eche un trago -ofreció al tiempo que hacía lo propio, la frente sudada.
El congresista no le hizo caso. Muy al contrario, se volvió hacia el joven soldado que estaba apretado junto a él, un pasajero llegado en el último minuto y sin talego. Un mensajero, tal vez. Calzaba un par de botas de montar altas y sus manos se aferraban al banco como si fueran riendas. Tenía el semblante pálido bajo una profusión de pecas.
– ¿Tu primera vez en Berlín? -preguntó el congresista.
El soldado asintió con la cabeza y se agarró aún con más fuerza al banco; el avión había dado un bandazo.
– ¿Tienes nombre, hijo? -continuó, sólo por charlar.
– Teniente Tully -repuso el muchacho, después tragó saliva y se tapó la boca.
– ¿Te encuentras bien? -preguntó Liz. El soldado se quitó el sombrero. Tenía el pelo pelirrojo y mojado-. Toma, por si acaso -le dijo mientras le daba una bolsa de papel.
– ¿Cuánto falta? -preguntó el chico, casi en un lamento, sosteniendo la bolsa a la altura del pecho con una mano.
El congresista lo miró y apartó involuntariamente la pierna en el apretado espacio que había para no sufrir ningún percance. Al hacerlo, volvió un poco el cuerpo, de modo que se vio obligado a mirar otra vez a Brian.
– ¿Ha dicho que era de Nueva York?
– De Utica, Nueva York.
– Utica -repitió Brian fingiendo que intentaba ubicarlo-. Fábricas de cerveza, ¿verdad? -Jake sonrió. Lo cierto es que Brian conocía muy bien Estados Unidos-. Allí hay bastantes alemanes, si no me equivoco.
