
Paró, con atención repentina y cierto esfuerzo, la primera estocada seria tras el tanteo. Estaba irritado, más consigo mismo que con su adversario. Irritado de la propia irritación. Eso era poco práctico en tales lances. La esgrima, cuando iban al parche de la caja la vida o la salud, requería frialdad de cabeza amén de buen pulso, porque de lo contrario uno se arriesgaba a que la irritación o cualquier otro talante escapase del cuerpo, junto al ánima, por algún ojal inesperado del jubón. Pero no podía evitarlo. Ya había salido con aquella negra disposición de ánimo de la taberna del Turco -la discusión con Caridad la Lebrijana apenas llegada ésta de misa, la loza rota, el portazo, el retraso con que se encaminaba al corral de comedias-, de modo que, al doblar la esquina de la calle del Arcabuz con la de Toledo, el malhumor que arrastraba convirtió el choque fortuito en un lance de espada, en vez de resolverlo con sentido común y verbos razonables. De cualquier modo, era tarde para volverse atrás. El otro se lo tomaba a pecho, aplicado a lo suyo, y no era malo. Ágil como un gamo y con mañas de soldado, creyó advertir en su manera de esgrimir: piernas abiertas, puño rápido con vueltas y revueltas. Acometía a herir a lo bravo, en golpes cortos, retirándose como para tajo o revés, buscando el momento de meter el pie izquierdo y trabar la espada enemiga por la guarnición con su daga de ganchos. El truco era viejo, aunque eficaz si quien lo ejecutaba tenía buen ojo y mejor mano; pero Alatriste era reñidor más viejo y acuchillado, de manera que se movía en semicírculo hacia la zurda del contrario, estorbándole la intención y fatigándolo. Aprovechaba para estudiarlo; en la veintena, buena traza, con aquel punto soldadesco que un ojo avisado advertía pese a las ropas de ciudad, botas bajas de ante, ropilla de paño fino, una capa parda que había dejado en el suelo junto al chapeo para que no embarazase. Buena crianza, quizás. Seguro, valiente, boca cerrada y nada fanfarrón, ciñéndose a lo suyo. El capitán ignoró una estocada falsa, describió otro cuarto de arco a la derecha y le puso el sol en los ojos al contrincante. Maldita fuera su propia estampa. A esas horas La huerta de Juan Fernández debía de estar ya en la primera jornada.
