
Resolvió acabar, sin que la prisa se le volviera en contra. Y tampoco era cosa de complicarse la vida matando a plena luz y en domingo. El adversario acometía para formar tajo, de manera que Alatriste, después de parar, aprovechó el movimiento para amagar de punta por arriba, metió pies saliéndose a la derecha, bajó la espada para protegerse el torso y le dio al otro, al pasar, una fea cuchillada con la daga en la cabeza. Poco ortodoxo y más bien sucio, habría opinado cualquier testigo; pero no había testigos, María de Castro estaría ya en el tablado, y hasta el corral de la Cruz quedaba un buen trecho. Todo eso excluía las lindezas. En cualquier caso, bastó. El contrincante se puso pálido y cayó de rodillas mientras la sangre le chorreaba por la sien, muy roja y viva. Había soltado la daga y se apoyaba en la espada curvada contra el suelo, empuñándola todavía. Alatriste envainó la suya, se acercó y acabó de desarmar al herido con un suave puntapié. Luego lo sostuvo para que no cayera, sacó un lienzo limpio de la manga de su jubón y le vendó lo mejor posible el refilón de la cabeza.
– ¿Podrá vuestra merced valerse solo? -preguntó.
El otro lo miraba con ojos turbios, sin responder. Alatriste resopló con fastidio.
– Tengo cosas que hacer -dijo.
Al fin, el otro asintió débilmente. Hacía esfuerzos por incorporarse, y Alatriste lo ayudó a ponerse en pie. Se le apoyaba en el hombro. La sangre seguía corriendo bajo el pañizuelo, pero era joven y fuerte. Coagularía pronto.
– Mandaré a alguien -apuntó Alatriste.
No veía el momento de irse de una maldita vez.
