
Por cierto que, tras ensebarle al portero la palma y sumando entrada, asiento y limosna de hospitales, el desembolso llegaba a los dos reales, sangría que para el bolsillo del capitán no era liviana, si consideramos que otras veces podía conseguirse un aposento de arriba por ese precio. Pero La huerta de Juan Fernández era comedia nueva, y de Tirso. En aquel tiempo, junto al anciano Lope de Vega y otro poeta joven que ya pisaba fuerte, Pedro Calderón, el fraile mercedario que en realidad se llamaba Gabriel Téllez era de los que hacían la fortuna de arrendadores y representantes, así como las delicias de un público que lo adoraba, aunque no llegase a las alturas de gloria y popularidad en que se movía el gran Lope. Además, la huerta madrileña que daba nombre a la comedia era lugar famoso junto al Prado alto, jardín espléndido y ameno frecuentado por la Corte, lugar de moda y citas galantes que sobre el tablado de la Cruz estaba dando mucho de sí, como lo probaba que durante la primera jornada, apenas Petronila apareció vestida de hombre con botas y espuelas, junto a Tomasa disfrazada de lacayuelo, el público había aplaudido a rabiar incluso antes de que la bellísima representante María de Castro abriese la boca. Y hasta los mosqueteros -el gentío apretado en la parte baja al fondo del patio, así llamado por lo ruidoso de sus críticas y abucheos, y por estarse a pie en grupo con capa, espada y puñal, como soldados en alarde o facción- orquestados por el zapatero Tabarca, su jefe de filas, habían acogido con mucho batir de palmas y grave asentir de cabezas, como quien harto conoce y aprecia, aquellos versos de Tomasa:
Doncella y Corte son cosas