
– ¿Puedo hacer algo más?
El otro respiraba despacio, aún sin color. Miró a su interlocutor un largo rato, como si le costara precisar las imágenes.
– Vuestro nombre -murmuró al fin con voz ronca. Alatriste se sacudía con el sombrero el polvo de las botas.
– Mi nombre es cosa mía -respondió con frialdad, calándose el chapeo-. Y a mí se me da un ardite el vuestro.
Don Francisco de Quevedo y yo lo vimos entrar justo con las guitarras de final del entremés, el sombrero en la mano y el herreruelo doblado sobre el brazo, recogiendo la espada y baja la cabeza para no molestar, abriéndose paso con mucho disimule vuestra merced y excúseme que voy allá, entre la gente que atestaba el patio y todo el espacio disponible del corral. Salió por delante de la cazuela baja, saludó al alguacil de comedias, pagó dieciséis maravedíes al cobrador de las gradas de la derecha, subió los peldaños y vino hasta nosotros, que ocupábamos un banco en primera fila, junto al antepecho y cerca del tablado. En otro me habría sorprendido que todavía lo dejaran entrar, cuajado como estaba todo de público aquella tarde, con gente en la calle de la Cruz protestando porque no quedaba lugar; pero luego supe que el capitán se las había ingeniado para no acceder por la puerta principal, sino por la cochera, que era la entrada de las mujeres a la cazuela que les estaba reservada, y cuyo portero -con coleto de cuero para protegerse de las cuchilladas de quienes pretendían colarse sin pagar- era mancebo en la botica que el Tuerto Fadrique, muy amigo del capitán, tenía en Puerta Cerrada.
