No debes de saber que el dictador César ha zarpado rumbo a Egipto con escasos efectivos pidiéndome que le mande otras dos legiones y una armada naval cuanto antes. Ahora me encuentro con que sólo puedo enviarle una legión y una armada.

Por tanto, esta carta te autoriza a reunir un ejército y mandárselo a César a Alejandría. Ignoro dónde puedes encontrar soldados, ya que yo me he llevado todos los hombres de Anatolia, pero he dejado a Marco junio Bruto en Tarso con la orden de empezar a reclutar y adiestrar tropas, así que deberías haber conseguido al menos una legión cuando tu comandante llegue a Cilicia. Te sugiero asimismo que busques en Siria, especialmente en las zonas del sur. Hay allí excelentes hombres, los mejores mercenarios del mundo. Prueba con los judíos.


Cuando Mitrídates de Pérgamo recibió la carta de Calvino, dejó escapar un profundo suspiro de satisfacción. Ésa era su oportunidad para demostrar al nuevo soberano del mundo que era un súbdito leal.

– Yo mismo me pondré al frente del ejército -anunció a su esposa, Berenice.

– ¿Es eso lo más sensato? -preguntó ella-. ¿Por qué no nuestro hijo Arquelao?

– Arquelao puede gobernar aquí. Siempre he pensado que quizá yo haya heredado algo de la destreza militar de mi padre Mitrídates el Grande, así que deseo tomar el mando en persona. Además, he vivido entre los romanos y he asimilado parte de su talento para la organización. Por carecer de tal cualidad, entró mi padre en decadencia.

2

La reacción inicial de César fue de alegría ante su repentino alejamiento de los asuntos de la provincia de Asia y Cilicia… y del inevitable séquito de legados, funcionarios, plutócratas y etnarcas locales. El único hombre de cierto rango que lo acompañaba en este viaje a Alejandría era uno de sus más valiosos centuriones primipilus de los tiempos en la Galia Trasalpina, un tal Publio Rufrio, a quien había ascendido a legado pretorio por sus servicios en el campo de batalla de Farsalia. Y Rufrio, un hombre callado, nunca habría concebido siquiera la posibilidad de invadir la intimidad del general.



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