Los hombres de acción también pueden ser pensadores, pero reflexionan sobre la marcha, en medio de los acontecimientos, y César, que sentía horror por la inercia, empleaba todos los momentos de todos los días. Cuando recorría los cientos o a veces miles de millas desde una de sus provincias a otra, llevaba a su lado como mínimo a un secretario mientras él viajaba en un carro tirado por cuatro mulas e iba dictando sin cesar al desventurado. Sólo dejaba de lado el trabajo cuando estaba con una mujer o escuchaba música; era un apasionado de la música.

Sin embargo, en aquel viaje de cuatro días desde Tarso hasta Alejandría, no contaba con la asistencia de secretarios ni el entretenimiento de los músicos; César estaba muy fatigado, demasiado fatigado para darse cuenta de que esta vez tenía que descansar, pensar en algo que no fuera dónde iba a desatarse la siguiente guerra o la siguiente crisis.

El hecho de que incluso en la memoria tendiera a pensar en tercera persona se había convertido en un hábito en los últimos años, era una señal de la gran objetividad de su carácter, combinada con una terrible reticencia a revivir el dolor. Pensar en primera persona equivalía a evocar el dolor con toda su intensidad, su amargura, su indelebilidad. De ahí que pensara en César no como en un yo, que lo recordara todo envuelto en un velo de narración impersonal. Si yo no estoy ahí, tampoco está el dolor.


Lo que habría sido el agradable ejercicio de dotar a la Galia Trasalpina de las características de una provincia romana se había visto enturbiado, en cambio, por la creciente incertidumbre de que César, que tanto había hecho por Roma, no iba a poder ceñirse sus laureles en paz.



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