Naturalmente había habido estatuas de Pompeyo Magno en todas las ágoras entre Olisipo y Damasco (todas derribadas tras su derrota en Farsalia), pero ninguna que lo declarara descendiente de algún dios, y menos de Ares y Afrodita. Sí, todas las estatuas de conquistadores romanos decían cosas como DIOS MANIFIESTO Y SALVADOR DEL GÉNERO HUMANO. Para la mentalidad oriental, estas palabras eran alabanzas corrientes. Pero lo que de verdad importaba a César era la ascendencia, y la ascendencia era algo que Pompeyo, el galo de Piceno, nunca podría atribuirse; su único antepasado notable era Pico, el tótem del pájaro carpintero. En cambio allí estaba la estatua de César, describiendo su ascendencia para que toda Éfeso la viera. Sí, era importante.

César apenas recordaba a su padre, siempre ausente por una u otra misión al servicio de Cayo Mario y más tarde muerto al inclinarse para atarse la bota. ¡Una extraña manera de morir, mientras se ataba la bota! Así se había convertido César en paterfamilias a los quince años. Había sido su madre, una tal Aurelia, de los Cotes, quien había desempeñado a la vez el papel de padre y madre: estricta, crítica, severa, poco compasiva, pero fuente de sensatos consejos. Para los baremos senatoriales, la familia juliana era en extremo pobre, con apenas dinero suficiente para satisfacer a los censores; la dote de Aurelia había sido un edificio aislado en el barrio de Subura, una de las zonas de peor fama en Roma, y allí había vivido la familia hasta que el propio César fue elegido pontífice máximo y pudo trasladarse al Domus Publica, un palacio menor propiedad del Estado.

¡Cómo se irritaba Aurelia por su descuidado despilfarro, su indiferencia ante una descomunal deuda! ¡Y en qué apuros se había visto él a causa de la insolvencia! Por fin, cuando conquistó la Galia Trasalpina, se convirtió en un hombre aún más rico que Pompeyo Magno, si bien no tanto como Bruto.



16 из 1053