
I
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– Sabía que tenía razón: un terremoto muy ligero -dijo César mientras dejaba el fajo de papeles en su mesa.
Calvino y Bruto, sorprendidos, apartaron la mirada de su trabajo.
– ¿A qué viene eso ahora? -preguntó Calvino.
– ¡Señales de mi divinidad, Cneo! ¿Recordáis la estatua de la Victoria que se puso de espaldas en aquel templo de Elis, el tintineo de espadas y escudos que se entrechocaban en Antioquía y Tolemaida, el sonido de tambores en el templo de Afrodíta en Pérgamo? Según mi experiencia, los dioses no intervienen en los asuntos de los hombres, y por supuesto no enviaron un dios a la tierra para derrotar a Magno en Farsalia. Así que hice indagaciones en Grecia, el norte de la provincia de Asia y la Siria del río Orontes. Todos los fenómenos ocurrieron en el mismo momento y en el mismo día: un ligero terremoto. Consultad los informes de nuestros propios sacerdotes en Italia: todos hablan del atronador sonido de tambores procedente de las entrañas de la tierra y de estatuas que hacían cosas extrañas. Terremotos.
– Empañas nuestras ilusiones, César -contestó Calvino con una sonrisa-. Empezaba a pensar que trabajaba para un dios. -Miró a Bruto-. ¿No es una decepción también para ti, Bruto?
La risa no iluminó aquellos ojos grandes, oscuros y pesarosos de pesados párpados, que se fijaron pensativamente en Calvino.
– Ni decepción, ni desilusión, Cneo Calvino, aunque no se me había ocurrido la posibilidad de que existiera una causa natural. Tomé los informes como halagos.
