César hizo una mueca.

– Los halagos son peores -declaró.

Los tres se hallaban sentados en la habitación confortable pero no suntuosa que el etnarca de Rodas les había cedido como despacho, aparte de los aposentos donde se relajaban y dormían. La ventana daba al bullicioso puerto de aquella importante encrucijada de la ruta comercial que unía el mar Egeo con Chipre, Cilicia y Siria; una atractiva e interesante vista, entre el enjambre de barcos, el intenso azul del mar y las altas montañas de Libia al otro lado del estrecho, pero ninguno de ellos le prestaba atención.

César rompió el sello de otro comunicado, le echó una ojeada y dejó escapar un gruñido.

– De Chipre-dijo antes de que sus compañeros pudieran reanudar el trabajo-. Según el joven Claudio, Pompeyo Magno ha partido hacia Egipto.

– Habría jurado que se reuniría con el primo Hirro en la corte del rey de Partia. ¿Qué hay que recoger en Egipto? -preguntó Calvino.

– Agua y provisiones. Al paso de caracol que avanza, antes de que salga con rumbo a Alejandría soplarán ya los vientos etesios. Magno va a reunirse con los demás fugitivos en la provincia de África, imagino -declaró César con cierta tristeza.

– Así que no ha terminado -dijo Bruto con un suspiro.

César contestó chasqueando los dedos.

– Puede terminar en cuanto Magno y su Senado acudan a mí y me digan que puedo aspirar al consulado in absentia, mi querido Bruto

– Bah, eso es demasiado sentido común para hombres del talante de Catón -afirmó Calvino al ver que Bruto no contestaba- Mientras Catón viva, no llegarás a ningún acuerdo con Magno o su Senado.

– Soy consciente de eso.


César había cruzado el Helesponto para llegar a la provincia de Asia hacía tres nundinae con el objetivo de descender por el litoral egeo e inspeccionar los estragos causados por los republicanos en su desesperado esfuerzo por reunir flotas y dinero.



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