– No he olvidado nada, pero no la he traído para que sufra ningún daño.

– Que sufra o no depende de ella, corazón.

Aquello no me hizo ni pizca de gracia.

– No la veo muy dispuesta a ayudarnos; sólo a jugar al gato y al ratón. ¿Y sabe qué? Este ratón se larga. -Giré para marcharme, sin perder de vista a Enzo. Él no era ningún aficionado.

– ¿No quieres encontrar al niño del que me habló Manny? Sólo tiene tres añitos y ya está en manos del bokor…

Me paré en seco, tal como pretendía Dominga. Mierda.

– ¿Qué es un bokor?

– ¿De verdad no lo sabes? -me preguntó con una sonrisa. Negué con la cabeza, y su sonrisa se amplió; estaba encantada conmigo-. Pon la mano derecha en la mesa con la palma hacia arriba, por favor.

– Si sabe algo del niño, ¿por qué no me lo dice sin más?

– Permite que te haga unas pruebas, y te ayudaré.

– ¿Qué pruebas son esas? -Me esforcé por transmitir toda la desconfianza que sentía.

Dominga rió, con un sonido repentinamente alegre que encajaba con las arrugas de su cara. Los ojos le brillaban de puro regocijo, y me temía que se estaba riendo de mí.

– Ven aquí, chica, que no voy a hacerte daño.

– ¿Manny?

– Si hace algo que pueda perjudicarte, te lo diré.

– Tengo entendido que eres capaz de levantar tres zombis por noche, una noche tras otra. -Dominga me mírala perpleja-. Y eso que eres una novata.

– La ignorancia es una bendición.

– Siéntate, chica. Te prometo que no te dolerá.

«No te dolerá»: la promesa de que se avecinaba algo doloroso. Me senté.

– Cualquier retraso podría costarle la vida. -Intentaba apelar a su lado bueno. Como si lo tuviera.

– ¿De verdad crees que sigue vivo? -preguntó inclinándose hacia mí. Me aparté de ella; no podía evitarlo, pero tampoco podía mentirle. -No.



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