
– No. -Una respuesta clara y concisa. Quizá debería usarlas más a menudo.
– Puede que no lo quieras, pero lo tendrás.
No me gustó un pelo su forma de decirlo. Era ridículo estar en una cocina soleada a las siete y media de la mañana y tener miedo, pero lo tenía. Tanto que se me encogían las tripas.
Me miró con unos ojos que sólo eran ojos; no había en ellos ni un atisbo de la capacidad de seducción de los vampiros. Sólo eran ojos, pero… El vello de la nuca intentó bajarme por la columna, y se me erizó la piel de todo el cuerpo, a pesar del calor bochornoso. Me humedecí los labios y miré a Dominga Salvador.
Me había lanzado un ataque mágico, para ponerme a prueba. No era la primera vez que me sucedía algo parecido: a la gente le fascina mi trabajo. Todo el mundo está convencido de que hago magia, pero no es así; se me dan bien los muertos, que es distinto.
Miré fijamente sus ojos casi negros y sentí que me iba hacia delante; era como caer sin moverse. El mundo se tambaleó a mi alrededor, pero enseguida se estabilizó. Mi cuerpo despedía un flujo de calor que avanzaba retorciéndose hacia la anciana y, cuando la alcanzó, sentí algo parecido a una descarga eléctrica.
– ¡Joder! -Me puse en pie, esforzándome por respirar.
– ¿Qué te pasa, Anita? -Manny estaba de pie y me tocaba el brazo.
– No lo sé. ¿Qué demonios me ha hecho?
– Tú eres la que ha hecho algo, chica. -Dominga había palidecido ligeramente, y tenía la frente cubierta de sudor. El hombre se apartó de la pared con las manos a los lados, listo para actuar-. No te preocupes, Enzo, no pasa nada -le dijo Dominga. Estaba sin aliento, como si hubiera estado corriendo.
Seguí de pie. Lo único que quería era irme a casa.
– No hemos venido a jugar, Dominga -dijo Manny con la voz teñida de cólera y puede que miedo. Yo compartía lo último.
– No es ningún juego, Manuel. ¿Es que has olvidado todo lo que te enseñé, todo lo que miste?
