Desde este estratégico lugar los curiosos también podían observar a Cornelia Mullins, su asistente, de grandes senos y piel hermosamente bronceada, dirigiendo las clases de educación física al aire libre en la terraza situada al sur del edificio. Las clases estaban compuestas en su mayor parte por cincuentones de saneada cuenta corriente y orondos estómagos, y mujeres obesas que intentaban tardíamente neutralizar los efectos de demasiadas cajas de bombones.

Pero pronto aumentarían las filas de curiosos desocupados, los espectadores ligeramente divertidos de la verja. Cientos de morbosos ojos mirarían (ávidos) a través de las barras de hierro. Pasarían centenares de automóviles llenos de gente alargando el cuello para ver la Casa de Salud John Braun, dándose codazos, señalando excitados: «Ahí es; la habitación del segundo piso. Justo donde está el poli. ¡Seguro! Ahí fue donde se encontró el cadáver»; o un chico con los ojos como platos, leyendo el anuncio luminoso: «Es escalofriante, ¿verdad? Pero ¡apuesto lo que quieras a que Queen coge al asesino!».

El día 23 de julio, al sol del amanecer, la mansión parecía todo menos siniestra. Las clases no habían empezado todavía. Los hombres con sus infladas barrigas todavía dormían la borrachera de sus whiskies con soda; las fláccidas mujeres amontonaban mermelada sobre sus cereales de trigo puro de las mañanas. Y el sol brillaba cálidamente sobre el verde césped y sobre el agua inmóvil y coloreada de azul de la piscina y, deslizándose por entre las ramas de los robles, trazaba brillantes siluetas en la blanca fachada. Un rayo, atravesando el follaje de la copa de un árbol, descendía sesgado y caía sobre la reja de hierro que cubría una ventana del segundo piso. Pasaba a través de la reja y centelleaba sobre el cristal negro de una radiografía. El cristal lo reflejaba hacia arriba iluminando la cara ceñuda del doctor que sostenía la lámina.

– No hay duda, doctor Rogers -dijo con calma, mientras entregaba la radiografía a uno de los otros dos doctores que se encontraban en el estudio de John Braun-. Si se tratase de diagnosticar un cáncer incipiente, habría alguna razón para esta consulta. Pero no es incipiente. Está en un estado avanzado. Están afectados los pulmones y el corazón. Operar sería un asesinato.



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