
– Naturalmente, soy consciente de ello -dijo Jim Rogers-. ¿Se da usted cuenta?, estoy en desventaja en lo que a él se refiere, quiero decir. Durante algunos años he sido aquí lo que él llama el médico residente de la Casa de Salud. Abandoné mi consulta cuando me vine aquí con él. La oferta era demasiado atractiva desde el punto de vista monetario para despreciarla Desde entonces me ha empezado a considerar un impostor. Cree que todos los que le rodean son impostores.
– Entonces ¿es usted quien escribe los artículos de medicina en sus revistas?
Rogers asintió.
– Bajo el nombre de Braun. El no podría soportar que otro se llevase la fama. Pero me estoy desviando del tema. Se negó a creerme. Me costó muchísimo conseguir que me dejase hacerle las radiografías. ¿Se dan cuenta? Adora el cuerpo. La idea de que el suyo pueda estar enfermo es algo que aborrecería. Braun es el dios de Braun. Su cuerpo es la encarnación de su dios. Nunca he conocido un caso igual de adoración por el cuerpo -buscando confirmación, Rogers giró la mirada del doctor Henderson al hombre de barba gris que estaba a su derecha-. Usted se ha dado cuenta de eso, ¿verdad, Garten?
El doctor Garten se encogió de hombros y luego sonrió.
– Su estatua de mármol de la terraza podría darle la razón.
– ¡Estatua! -Rogers hizo una mueca-. Es un ídolo. Miren.
Indicó a los otros que le siguieran y atravesó la habitación hasta un gabinete.
A la derecha, en la pared del gabinete había un nicho, y en el nicho, una estatua de yeso, pintada color carne.
Mirándola, el doctor Garten se acarició la barba.
– No se le puede reprochar que esté orgulloso de su físico -comentó-. Tiene el cuerpo de Hermes.
