– ¡La policía! -Nikki pareció enferma.

– Estarán aquí muy pronto. Será menos desagradable que me deje conducirla a su casa y no que la lleven los polis. Imagínese la publicidad; los periodistas, los fotógrafos. Les encanta conseguir una historia como ésta. Venga, señorita Braun, haga su equipaje.

– ¡Oh! -dijo Nikki- ¡oh, qué horrible! -pareció de pronto que estaba de acuerdo, completamente vencida-. Ya veo. Claro. Si eso es lo que pasa. Siéntese, ¿no quiere? Yo, yo no tardaré mucho.

Hizo un gesto de impotencia hacia la silla y entró en el dormitorio. La puerta se cerró.

– Babs -susurró Nikki-, ¡saben dónde estás! ¡La policía va a venir!

– ¡Oh, Nikki!, ¿qué voy a hacer? No quiero ir a casa. ¡No quiero! -sus labios temblaron.

Barbara había estado escuchando en la puerta. Se apoyó contra ella.

– ¡Sh! ¡No tan alto! Escucha. ¡Ese hombre que está ahí cree que yo soy! Yo iré con él. En el momento en que nos vayamos, telefonea a Jim. Consigue que venga a recogerte. Pero rápido. Yo liaré a este detective. No respires hasta que nos vayamos. Luego haz el equipaje rápido -Nikki comenzó a arrojar cosas sin ningún cuidado en una maleta.

En la sala de estar, Ellery Queen no se había sentado, como había sugerido Nikki. Se paseó inquisitivamente por la habitación. Sobre la librería estaba el Diccionario Webster; el Tesauro, de Roget; El inglés del Rey, de Fowler; Pequeños ensayos, por George Santayana; para su sorpresa, un enorme volumen, Anatomía humana, de Piersol, ¡y una docena de volúmenes de Ellery Queen! Ellery cruzó hacia el escritorio, donde estaba la máquina de escribir, y leyó en la hoja de papel de la máquina: «El misterio de la alfombra persa, por Nikki Porter». Sobre la mesa había seis voluminosos manuscritos colocados cuidadosamente. A todos ellos se había adosado media docena, por lo menos, de papeles de rechazo de las editoriales.



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