Ninguno habló de nuevo hasta que no hubieron cruzado el puente de Henry Hudson y dejado la autopista, cuando subían una cuesta de mucha pendiente en Spuyten Duyvil.

Entonces Nikki dijo, ceñuda:

– Lo haré.

– Hacer ¿qué?

– Hacer justo lo que usted dice. Escribiré la historia de Barbara Braun.

Ellery sonrió. Giró el coche a la derecha, a través de la ancha puerta de la Casa de Salud John Braun. Tras unas cincuenta yardas la carretera se bifurcaba para formar una gran elipse, cuya curva más larga corría por delante de la galería de la casa. Mientras el coche tomaba la curva, vio que había dos entradas a partir de la galería, cada una a tres ventanas del final y con tres ventanas entre medias. Notó con sorpresa que dos de las ventanas del segundo piso estaban cubiertas por una reja de hierro afiligranado.

– ¿Por qué entrada, señorita Braun? -preguntó él. Nikki, que creía conocerse todos los rincones de la casa a partir de las descripciones de Barbara, no dudó.

– La segunda -dijo-. Es la entrada de la oficina. Estará abierta. No cogí mi llave cuando me fui.

El coche chirrió y se detuvo sobre la gravilla del camino, Ellery salió y, sujetando la maleta de ella, abrió la puerta a Nikki.

– Muchas gracias -dijo mientras salía del coche y tendía la mano para coger su maleta.

– ¿No me va a presentar a su padre? -mantuvo la maleta fuera de su alcance.

– No se puede decir que sea el momento apropiado.

– Quería decir más tarde, esta noche. No se preocupe por la policía Telefonearé a mi padre para decirle que está usted sana y salva en casa.

– ¿Su padre?

– Papá, el inspector Queen.

Ella le miró con incredulidad.

– ¿Quiere decir que usted es Ellery Queen?

– Sí -volvió a sonreír-. Pero le perdono todo lo que dijo. ¿Puedo venir esta noche?



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