John Braun estaba callado y estudiaba las caras a su alrededor para ver el efecto de sus palabras.

– En resumen -continuó en un tono más contenido-, siempre he creído en mi trabajo; he tenido fe en las reglas de la salud. En esa creencia fundé esta institución, y en esa fe he construido una gran organización para el bien de gran número de personas, para su bienestar corporal. Y ahora, ahora, me encuentro con que mi cuerpo está enfermo, canceroso. He sido engañado. Me he engañado a mí mismo y a otros. Por eso esto no puede continuar. Mis empresas no serán dejadas en manos de hipócritas que las dirigirían sólo en beneficio de su dios, el todopoderoso dólar. ¡No! -golpeó el escritorio-. Cerramos.

Jim Rogers se volvió de la ventana y se encaró con su jefe.

– Pero, señor Braun, es difícil creer que lo diga en serio. Cerrar sus fábricas y tiendas de alimentación. ¡Cerrar su Casa de Salud! ¿No se da cuenta de que deben seguir funcionando por el bien de su familia?

– ¡Mi familia! -Braun torció los labios-. Hipócrita. ¿Por qué no dices lo que quieres decir, que te quieres casar con Barbara por mi dinero?

Jim apenas logró controlarse.

– La prueba de que eso es falso está en el hecho de que no me casé con ella. Para que ni usted ni nadie pudiera contar tan sucia mentira.

Zachary, el abogado, carraspeó.

– Siempre creí que en el caso de su muerte continuaríamos llevando el negocio en beneficio de la señora Braun -dijo, manoseando sus papeles con nerviosismo.

– Para su beneficio, no el de mi esposa -le corrigió Braun secamente.



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