
Rocky Taylor desvió su mirada hacia el señor Braun.
– No olvide sus contratos con la radio y la publicidad. Todavía les queda un año. Tendremos que pagar el dinero continuemos o no.
Braun se inclinó lentamente sobre la mesa arriñonada.
– Los hombres muertos no necesitan publicidad -dijo, y se rió.
La señora Braun comenzó a sollozar.
Cornelia Mullins se acercó a John Braun. Se inclinó y le acarició el brazo.
– Da una oportunidad a la naturaleza, querido -dijo con dulzura-. Sal fuera al sol. Ten fe en tu propia fuerza.
La cara de Braun se suavizó. La miró y sacudió la cabeza lentamente.
– Ni la fe ni la naturaleza pueden cambiar una radiografía, Cornelia.
De repente el viejo harapiento, Amos, contemplando todavía el techo, empezó a cantar en tono gangoso con un ritmo monótono:
Porque la naturaleza es muerte, al igual que vida;
Oh, bendita sea tu tumba.
Porque no hay final, sino el final de la lucha;
Luego la naturaleza es muerte, al igual que vida.
Oh, bendita sea tu tumba.
Los sollozos de la señora Braun se hicieron más audibles.
– Pobre viejo Amos -dijo John Braun con amabilidad-. He hecho todo lo necesario para que vayas a una nueva casa, una residencia de ancianos.
La cabeza de Amos comenzó a sacudirse.
– No quiero ir. Quiero trabajar en el jardín -lloriqueó.
– Allí no tendrás que trabajar en absoluto -dijo Braun en tono consolador.
– No iré -chilló el hombre-. ¡No lo haré! ¡No lo haré! Tengo que cavar la tumba. ¡La tumba! ¡La tumba! -corrió torpemente hacia la puerta que daba al estudio, con el cuervo balanceándose y dando sacudidas al agarrarse a su hombro-. Cavar la tumba, la tumba -escucharon los chillidos del viejo Amos que morían en las profundidades de la casa.
La puerta se cerró, dando un portazo. Poniendo otra vez la mano sobre el brazo de Braun, Cornelia dijo:
