
– No importa. Papá dice que no debe usted venir mañana por la mañana, ni el otro, ni el siguiente. Tiene que tomarse una semana de vacaciones. Descanse, le hará bien.
– Bueno, la verdad -dijo Annie dudando.
– Esto es una semana por adelantado, Annie. No debe acercarse por aquí antes de una semana. Debe descansar. Necesita un descanso, Annie. ¿Entiende?
– Bueno, la verdad, nunca oí nada parecido -Annie sonreía ahora.
– Fuera de aquí -dijo Ellery Queen-, fuera y largo de aquí.
– Pero los huevos, señor Ellery.
– No se preocupe de los huevos. Yo me encargaré de ellos. ¡Largo!
Cuando, un minuto o dos después, apenas dándole tiempo a Annie de cambiarse de vestido y ponerse el sombrero, la empujó a través de la puerta y cerró ésta, Ellery suspiró con alivio y se encaminó hacia su estudio a través del vestíbulo.
En el hueco de la puerta se paró bruscamente. Con la cabeza apoyada sobre su bata de franela azul, el último libro de él tirado en el suelo a su lado, Nikki Porter estaba tumbada sobre el diván durmiendo profundamente. Su pequeño sombrero de paja color crema, con la punta de una pluma de pavo real saliendo alegremente de debajo de un lazo, le caía sobre un ojo. El otro ojo, rasgado y oscuro, parpadeó al entrar Ellery Queen en la habitación.
– ¡Mi héroe! -ella se sentó-. ¡Ya era hora!
– ¿Cansada? -preguntó él con simpatía.
– ¡Oh, no! -dijo ella amargamente-. Estaba leyendo tu último libro. Me durmió. Podría dormir a un pavo americano una mañana de primavera ¿Qué noticias hay?
– Ninguna. Excepto que se ha dado una alarma para buscar a una cierta Nikki Porter, una impertinente muchacha de ojos castaños con una nariz chata -dijo él suavemente.
– ¡No me extraña! ¡Son casi las siete y media!
– No te extraña ¿qué? -Ellery Queen se tiró sobre la silla Morris y puso las piernas sobre el escritorio. Las cruzó de modo que el tacón de un zapato descansase sobre la punta del otro. Movió el pie de encima de delante hacia atrás, como un péndulo invertido-. No te extraña ¿qué? -repitió lánguidamente.
