
Recogió los ceniceros y los llevó a la ventana. Después de mirar para asegurarse de que nadie la observaba, los vació rápidamente por el patio.
De un diván situado entre librerías quitó un sombrero de fieltro muy usado y se sentó, con el libro abierto en el regazo.
Bostezó y leyó la página del título.
– ¡Qué hombre! ¡Qué hombre!
El asesinato de John Braun parecía muy lejano.
A las siete y cuarto, Ellery Queen apareció en el apartamento.
– Annie -llamó-. ¡Hermosa Annabel Lee!
Annie apareció por el vestíbulo.
– Así que es usted, ¿eh, señor Ellery? ¡Vaya saludo el suyo!
– ¿Qué ocurre, Annie? -las ventanas de la nariz de Annie se agitaban, eso quería decir que estaba enfadada-. ¿Está aquí la señorita Porter?
– Llevé a la joven a su guarida, como usted dijo. Y vaya un saludo. ¿No iba a llamarme para que pudiese poner el asado si venía usted a casa? ¿Cree que puedo poner el asado a esta hora? Tendrá que comer bacón y huevos ahora. ¿Y qué dirá el inspector? «Annie está loca», dirá. ¡Vaya un saludo!
Ellery Queen sonrió.
– Papá no va a venir a casa, Annie, y yo también ceno fuera.
– Ah, con que va a cenar fuera, ¿eh? Y yo ya he batido y preparado los huevos para revolverlos. Está usted volviéndose muy audaz, por no decir muy aristocrático, así de pronto. «Ceno fuera, Annie», dice usted. Van a dar las ocho y usted llega y dice que va a cenar fuera. ¡Vaya saludo!
– Annie, papá tenía razón.
– ¿Y qué quiere decir con eso, señor Ellery? -preguntó ella.
– Dijo que estaba usted cansada, que tenía demasiado trabajo, que necesitaba unas vacaciones. Insiste en que se tome unas.
– Pero tuve mis vacaciones hace seis meses el sábado que viene -protestó Annie.
