David Brin

El cartero

A Benjamín Franklin

genio tortuoso,

y a Lisístrata,

que intentó serlo.

AGRADECIMIENTOS

Al autor le gustaría expresar su agradecimiento a aquellos que le cedieron tan generosamente su tiempo y sabiduría durante el desarrollo de este libro.

A Dean Ing, Diane y John Brizzolara, Astrid Anderson, Greg Bear, Mark Grygier, Douglas Bolger, Kathleen Retz, Conrad Halling, Pattie Harper, Don Coleman, Sarah Barter, y al Dr. James Arnold, que contribuyeron con sus acertados comentarios.

Especialmente, me gustaría dar las gracias a Anita Everson, Daniel J. Brin, Kristie McCue y al profesor John Lewis por sus importantes indicaciones.

Gracias también a Lou Aronica y a Bantam Books, por su excelente ayuda y comprensión, y a Shawna Mc Carthy, de Davis Publications, por lo mismo.


Y, finalmente, mi agradecimiento a las mujeres que he conocido, quienes nunca han dejado de sorprenderme, justamente cuando más satisfecho me hallaba de mí mismo y más necesitaba ser sorprendido, y que me han hecho parar a reflexionar.


Ahí hay poder, dormitando bajo la superficie. Y hay magia.


David Brin

Abril 1985

PRELUDIO

Trece años de deshielo

Aún soplaban helados vientos. Caía una nieve cenicienta. Pero el antiguo mar no tenía prisa.

La Tierra había girado seis mil veces desde que florecieron las llamas y murieron las ciudades. Ahora, tras dieciséis recorridos del Sol, ya no se elevaban volutas de hollín en los bosques incendiados, transformando el día en noche.

Seis mil ocasos habían llegado y se habían ido brillantes, anaranjados, glorificados por el polvo en suspensión desde que los altos y ardientes embudos perforaron la estratosfera y la llenaron de diminutas partículas de roca y tierra. La oscurecida atmósfera dejó pasar menos luz solar y el frío hizo su aparición.



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