Apenas importaba ya qué lo había provocado: un gigantesco meteorito, un enorme volcán o una guerra atómica. Las temperaturas y las presiones se descompensaron y soplaron grandes vientos.

Por todo el norte caía una nieve sucia y, en algunos lugares, ni siquiera el verano la hacía desaparecer.

Sólo el Océano, atemporal y obstinado, resistente al cambio, importaba realmente. Oscuros cielos habían venido y desaparecido. Los vientos producían atardeceres ocres y sombríos. En algunos lugares el hielo se acumulaba, y los mares menos profundos empezaban a descender.

Pero la decisión del Océano era lo único importante, y aún no había sido expresada.

La Tierra giraba. Los hombres seguían luchando, aquí y allá.

Y el Océano exhaló un suspiro de invierno.

I

Las cascadas

1

Entre el polvo y la sangre, con el agudo olor del pánico clavado en la nariz, la mente de un hombre a veces atrae hacia sí extrañas correlaciones. Después de pasar media vida en el salvajismo, en su mayor parte dedicada a luchar para sobrevivir, Gordon todavía se asombraba de que aquellos oscuros recuerdos afluyeran a su mente cuando se hallaba en pleno combate a vida o muerte.

Jadeando bajo la reseca maleza, reptando con desesperación para encontrar un refugio, de pronto acudió a su mente una imagen tan nítida como las polvorientas piedras que estaban debajo de él. Era un recuerdo por contraste: una tarde lluviosa en una cálida y segura biblioteca de universidad, hacía mucho tiempo; un mundo perdido lleno de libros, música y despreocupadas divagaciones filosóficas.



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